Últimamente estoy sintiendo emociones de todo tipo. Angustia, felicidad, ilusión, decepción, satisfacción, nostalgia… (¿Quién dijo que el verano era aburrido?). Reales, con motivos de este mundo.
Sin embargo, el pasado domingo, hace ya una semana (17 de agosto), el día en el que concluí ETDLN, sentí de distinta manera.
Podréis entender que haya sido un día importante para mí: después de tres años, plasmar en letras los pensamientos, las conclusiones, el fruto de la investigación que durante tantos días había cultivado y sobre los que tantas ilusiones había depositado ha sido una ocasión excepcional y francamente emotiva.
Pero fui más allá. Conforme el final se acercaba y los personajes quedaban atónitos ante la resolución de la trama, yo compartía su emoción. Sentía sus ansias de conocer, su alegría por llegar al fin, por ver que todo encajaba y se desvelaba ante sus ojos.
Sentí su entumecimiento mientras lo escribía. Fui capaz de sentir lo que mis dedos soltaban en las teclas. Me sorprendió a mi mismo.
Tal vez ese vínculo interdimensional, entre nada menos que los personajes de mi mente y mi vida real, haya sido lo más bonito que me ha ocurrido desde que empecé esta gran aventura. Sentí que los personajes tenían vida. Su mundo, su historia. Todo tenía su pizquita de realidad. Me creí mi cuento.
Llamadlo ñoñería. Pero fue real, os lo aseguro.
Faltan 97 días…

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[...] una vez, lo corregí tres. E incluso esta última vez hizo que me pusiera nervioso. Así como viví el fin de la novela, me pongo malo con ese capítulo. Tal vez porque refleja algo que me da mucho [...]