Hay una idea que lleva años (sí, años) rondándome por la cabeza, y hoy me decido a ponerlo por escrito.
Las vidas son historias, las historias son vidas. En todos los sentidos. Personajes, sucesos; obviedades, verdades ocultas. Emociones, muchas emociones. Lugares, objetos, aromas, colores, sabores. Recuerdos. Todas esas cosas y más tienen en común. No es ninguna novedad.
Mi abuela está en una residencia de ancianos. No es que disfrute demasiado allí, pero no puedo evitar sobrecogerme de cuando en cuando pensando los miles de años de vivencias que hay ahí concentrados.
Ya aprendí hace tiempo que la vida es siempre una historia apasionante, pero a veces ocurre que la tomamos como un libro cuya lectura nos imponen: que movemos los ojos de linea en linea, pero no estamos realmente leyendo. Y no nos enteramos de una.
Así pues, me da pena a veces pensar que aquella gente que me rodea allí, quizá sin la dignidad de antaño, perecerá con los cientos de historias y anécdotas que tienen a sus espaldas, y que, quizá, ya no tienen ni un nieto al cual ser contadas.
Pero no creo en lo eterno, y eso tampoco me disgusta. Porque la vida, vida es. Y lo importante es disfrutarla, no limitarse a recordarla.
